Cada vez más familias buscan espacios donde sus hijos con autismo puedan realizar actividad física de manera segura, contenida y adaptada a sus necesidades. Y esto sucede porque el movimiento genera beneficios que van más allá del aspecto físico.
La actividad física correctamente planificada puede transformarse en una herramienta muy valiosa para mejorar la calidad de vida de niños y jóvenes dentro del espectro autista. A través del movimiento es posible trabajar coordinación motriz, regulación emocional, autonomía, atención, socialización y tolerancia a diferentes estímulos.
Sin embargo, para que esto suceda, el profesional debe comprender que cada persona con autismo es única, por lo que no existen fórmulas universales ni actividades que funcionen igual para todos. Algunos alumnos necesitan rutinas estructuradas; otros requieren pausas frecuentes o ambientes con menos estímulos.
El gran desafío está en observar y adaptar.
Leé la nota en la Edición 391.
